«La negación de la mala suerte es la jactancia de los afortunados. Por desgracia, la mala suerte existe. Y por fortuna, la buena suerte también.
Todo dependerá del papel que en esta vida te hayan asignado, para que descubras la sustancia pura del "ser" y tu verdadera sustancia.»

La increíble diferencia entre lo malo y lo diabólico, lo bueno y lo beatífico en el ser

Lo que sigue, me fue revelado el martes 17 de julio de 2012 alrededor de las 7 de la mañana; luego de que un leve sueño de apenas una hora, se interrumpiera a las tres de la madrugada para no dejarme dormir más.

El asunto es sencillamente así:

De pequeños nos enseñaron a portarnos "bien". Nos dijeron: "no hagas esto, eso o aquello, porque es malo"; "no pienses de este modo porque es un mal pensamiento"; "no tengas ese tipo de sentimientos, porque es pecado"; etc.

Decir y hacer, tanto como sentir y profesar, estaban subordinados a las "buenas acciones" o más claramente, el "buen sentir" y los "buenos procederes".

Sin embargo, mucho de lo que los adultos practicaban para apartarnos del camino del mal, estaba perfectamente planificado, y en muchas ocasiones, era peor el remedio que la enfermedad. Vale decir que los métodos, nacidos de sus "buenas intenciones", eran "diabólicos". Claro que, educados por seres educados por seres educados usque de principia (hasta el principio de los principios) en la cuenta regresiva de la humanidad, no pudieron hacer otra cosa y sin saberlo, sostenían metodologías claramente diabólicas. Un buen ejemplo lo tenemos en la enfermera Mildred Ratched (protagonizado por Louise Fletcher y que le valiera un Oscar) en One Flew Over the Cuckoo's Nest ("Alguien voló sobre el nido del cuco", en España; o "Atrapado sin salida" en Argentina) que en 1975 Jack Nicholson protagonizó tan magistralmente y le valió merecidamente un Oscar junto al director Miloš Forman.

En esa misma tesitura, tenemos a los cruzados; que "guerreaban" y "mataban" en nombre del cristianismo (por sólo dar un ejemplo), en tanto los reyes negociaban con el poder; y los papados, uno más diabólico que el otro, establecían los preceptos religiosos para luchar contra el mal, sin advertir que sus intenciones, eran claramente diabólicas.

El monoteísmo judeocristiano —tan pronto como peligroso— fue asimilado a la corona pasando a ser arquetípico; y los reyes pasaron de manera siniestra y claramente planificada, a representar el orden de lo divino aquí en la Tierra.

El sentido arquetípico primordial del término "diabólico"

Antes de seguir enumerando ejemplos y desarticulando este engaño de "lo diabólico", es menester aclarar que tal concepto (porque ahora vamos a hablar sólo del concepto) obedece al orden de lo esencial primordial absoluto; vale decir que no nació con el estallido del Big Bang sino que fue aquello mismo que lo generó, "a imagen y semejanza" podría decirse, no sin cierta ironía, o mejor dicho: como error o aberración.

Ya que, si al principio fue la Nada (ni bien ni mal, ni principio de complementariedad ni de armonía); "ALGO diabólico" debió haber pasado para que la propia Nada (como entidad supraprimordial), que estaba en perfecta armonía con sí misma (estado enteléquico), se dividiera en dos, se polarizara, y todo lo que se manifestó, quedó encerrado dentro del orden de lo diabólico en tanto una parte de lo esencial escindido, ahora busca desesperadamente ascender hacia lo beatífico o, en todo caso, compensarlo (teoría de la falta y el sobrante [1]); de ahí lo lucha entre el bien y el mal tal como la entendemos, que en realidad son meros instrumentos de lo diabólico y lo beatífico.

Veamos: la vida, es consecuencia de una invasión de estados que para alcanzar uno de beatitud (la plenitud del universal "árbol"), irrumpe desde lo diabólico. El árbol para existir, debe "romper" la semilla; la semilla debe "romper la tierra" para aferrarse a ella y servir de sustento del árbol, en tanto "toma" los nutrientes de la propia tierra y los descompone. De este modo vemos que toda la existencia del árbol como entidad está sujeta a una permanente destrucción y apropiación de otras entidades para crear y sostener entidades nuevas, cada una de la cual responde a una matriz universal. Y en ese orden, todo obedece a un mismo plan; a un mismo paradigma.

Otro ejemplo lo vemos en el espermatozoide, que en el acto sexual es expulsado mediante la eyaculación, que de por sí es de naturaleza violenta; y "penetra" el óvulo de manera también "violenta", luego de una encarnizada competencia entre sus pares. Luego, el óvulo se cierra, devora al espermatozoide que lo penetró (vulgarmente lo llaman "unión" o "fundición" embrionaria) y a partir de allí comienza un estado de mutación violenta y predominante (no habrá lugar para un suceso idéntico durante un período determinado).

Por otro lado, el feto comenzará a invadir el vientre de mamá, y ésta comenzará a sentir síntomas verdaderamente desagradables como vómitos, migrañas, mareos, cambios en el humor, etc. Y en algunos casos, su propio organismo interpretará al feto como un cuerpo extraño y producirá variados ardides para eliminarlo, violentando, obviamente al feto y a la propia madre; quien (además) "parirá con dolor" y luego deberá quedar subordinada a su crío, cuidándolo y alimentándolo.

Todo esto, que ocurre sin que nosotros tengamos "ese" registro, como producto de la ignorancia y el velo cultural (amor, maternidad, familia, descendencia, etc.), es de naturaleza violenta y obedece a un mecanismo diabólico. La araña hembra que se come al macho luego de la cópula al igual que la Mantis Religiosa y otras especies. Hay animales que se comen a sus crías ante determinadas circunstancias; el león alfa que mata a todas las crías de su predecesor para reemplazarlas por las propias; etc. Eso, y mucho más: "ALGO O ALGUIEN LO PREMEDITÓ". No son producto del azar; y mucho menos un engendro de la evolución. No seamos incautos.

Ahora bien; todo esto, ¿quién lo pergeñó? ¿Por qué todo nacimiento implica un padecimiento?

La respuesta es: "lo diabólico".

Lo diabólico tiene que ver con lo invasivo y restrictivo en una sola unidad. Es del orden de lo paradójico; ya que invadir y restringir son opuestos absolutos.

Si nos ponemos a pensar, dado que no puede haber manifestación del bien sin la existencia del mal y viceversa; y visto que ambos son necesarios para que su opuesto se exprese, veremos que este paradigma primordial obedece al orden de lo diabólico. O sea que es muy dudoso que seamos hijos de un Dios benévolo sino que por el contrario, del mal venimos y tan pronto como no lo entendamos, hacia el mal retornaremos. ¡Hogar, dulce hogar!

Por eso es tan difícil discernir el bien del mal, porque cuando ambos son atravesados por lo diabólico, las cosas cobran otro estado y requieren otro tipo de mirada.

Un claro ejemplo son los grupos religiosos y el sujeto fanatizado. Que pierde el sentido de verticalidad y se horizontaliza (¡he ahí el Fútbol como parte de la religión!); se vuelve vulgar y netamente superficial. Al punto que puede "matar" por una idea religiosa o un fanatismo, o mira con desden a los cultores de otras filosofías suponiendo que la suya es la expresión acabada de la verdad de Dios, que lo eligió como el fiel representante de lo bueno sobre la Tierra.

Paradójicamente, son los sujetos con energías más bajas quienes rinden culto evangélico a un Cristo imaginario; sin percibir que vivir como ellos viven, en esa chatura moral, no hace menos culto al Diablo que faltar un domingo a misa.

No estamos diciendo que lo diabólico es malo. Tampoco que es bueno. Simplemente estamos diciendo que todo en el universo obedece al orden de lo diabólico, porque obedece a un plan, a una intencionalidad precedente; a un "trazado" original basado en la predación.

Cuando el maestro Zen le prepara una trampa a su discípulo para que éste se ilumine, por lo general recurre al orden de lo diabólico. En casi todos los textos sagrados de esta corriente del pensamiento y la acción como en tantas otras, nos encontramos con una tremenda crueldad por parte del maestro para con su discípulo. A efectos de desintegrar —con mentados planes maquiavélicos— la importancia personal que sustenta el ego del iniciado; de manera que rota la ficción, se manifieste en su sentido más puro, el Ser a través del discípulo mismo.

Ahora bien: romper con lo diabólico, está más allá de la iluminación. Y eso es lo que se conoce como alcanzar el "estado crístico" o la "naturaleza búdica".

Cuando la Gran Corporación (a la cual no le conocemos el rostro pero sí la consecuencia de sus diabluras) planificó el fraude de las torres gemelas en 2001, tenía un plan diabólico "perfecto" que, en un principio, "toda la humanidad" compró inocentemente creyendo la más espectacular puesta en escena jamás vista desde el fraude del primer hombre en la Luna.

Los EE.UU. de Norteamérica son pioneros en el arte de lo diabólico, de la ficción y la puesta en escena con fines arteramente planificados. Y no sólo la CIA o El Pentágono son un claro exponente de todo ello. De hecho se dice que allí lo diabólico tiene en parte su morada.

Las propias películas norteamericanas lo fomentan todo el tiempo recreando de todos los modos posibles, las diversas formas que adquiere (y requiere) lo diabólico. Inclusive, cuando Chucky mata por el sólo hecho de matar, sin una razón aparente, obedece al orden de lo diabólico. Porque crea un estado del orden negativo de lo siniestro, que al mismo tiempo alimenta "el ser" de lo diabólico. Ya que lo diabólico es una entidad suprema que está, inclusive, por encima del mal y es mucho más que eso. Muchísimo más de lo que inocentemente, y no sin gran esfuerzo, podríamos imaginarnos.

Hitler, Franco, Mussolini y el emperador japonés Shōwa (Hirohito), encarnaron lo diabólico de aquella época del mismo modo que Bush encarnó la actual. Al punto que para apoderarse del petróleo, el gas, minerales y zonas estratégicas, cada quien se valió de uno u otro artilugio capaz de convencer a las masas, que en orden de lo mundano son proclives a matar o morir por causas inexistentes, alimentadas claramente por la ceguera que produce la entidad de lo siniestro.

De modo que lo diabólico (o siniestro, que en parte es lo mismo) está en la naturaleza de todas las cosas que obedecen al orden de lo mundano, lo superficial; aquello que no pretende romper con la propia naturaleza del ego entre los seres humanos, o de los instintos en el orden natural de animales, plantas o insectos.

Una experiencia sustancial

Hace muchos años, mi hija menor y yo, estábamos en La Falda, un municipio ubicado en las sierras cordobesas de la República Argentina.

Caminábamos serena y alegremente por donde se hallan Las Siete Cascadas en el balneario del embalse del lago que lleva el mismo nombre (Dique La Falda).

Casi pegado al puente, siempre del lado del balneario, encontramos un profundo bosquecillo al cual la curiosidad nos atrajo tan pronto como lo vimos; pero a medida que nos íbamos acercando, un repentino estado de inquietud y sentimiento de temor se apoderaron de mí, de modo que sin poder dar explicación alguna, sugerí a mi hija que nos alejáramos. Profundamente enojada, ella trataba de saber porqué, así, tan repentinamente, había cambiado de parecer y sugerido que nos alejáramos de inmediato de esa zona aparentemente peligrosa. Yo no sabía que contestarle, salvo, que había "algo" que no me cerraba.

Intrigados por esa manifestación sensorial, subimos al puente para ver qué escondía aquel inocente bosquecillo y descubrimos (aún me causa escozor) que barrancas abajo yacía un pantano cubierto de verdosas plantas flotantes. Vale decir que sin saberlo, hubiésemos caído en una trampa de la naturaleza atraídos por la mera curiosidad.

Día de hoy que recordamos aquel episodio y aún nos sigue produciendo la misma sensación en el pecho, el estómago y la espalda. Y cada vez que lo narro a terceros, me corre un sutil escalofrío.

¿Qué fue lo que ocurrió? Sencillamente fui advertido por mi sexto sentido, de un área que en su naturaleza, había creado un espíritu del orden de lo siniestro, y que iba a alimentar sus entrañas en las profundidades del pantano con nuestros cadáveres.

Esto explica muy bien cómo determinadas condiciones pueden crear y alimentar estados o entidades impersonales que pueden causar daño o también un beneficio.

En ese orden de cosas, me sucedió cierta vez visualizar algo en forma de "corazonada", que luego comprobé que era cierto y claramente resultó beneficioso para mí, sin que existiera razón alguna.

De modo que el presentimiento a veces puede ser la antesala de algo inesperado que nos sorprende para bien tanto como para mal.

La ley de Murphy nos confirma

Habituados a tomarlo medio en broma, medio en serio, la ley de Murphy nos confirma que existen instancias que están más allá de nuestra capacidad de percepción y discernimiento.

Tiro un volante impreso en una de sus dos caras y las posibilidades de que caiga del lado impreso, son de 9 a 1. Se me cae la galletita recién untada con dulce, y las posibilidades son las mismas que las del volante. Espero 20 minutos un transporte público, y cuando me quiebro y prendo el cigarrillo, allí aparece.

Ejemplos como estos son los que abundan. Y son la clara confirmación de la existencia de lo siniestro. Pero en otro orden de cosas, también existen otros estados que responden a otras entidades no afectas al mal. Por ejemplo: busco novia durante años y el día menos esperado, de la manera más absurda, me tropiezo con mi próxima pareja. Compro el único billete de lotería que quedaba y viene con premio. Compro mil billetes y no sale premiado ninguno. Estoy a punto de quebrar económicamente, y me sale una oferta. Estoy a punto de subir al avión para irme de vacaciones, y me llega el telegrama de despido. Ratifico: la ley de Murphy nos confirma que hay "rarezas" en este lado del universo que no alcanzamos a comprender, pero trabajan para destruirnos el ego al punto de rebajarnos a mucho menos que nada, al mismo tiempo que a otros, y sin razón alguna, se lo facilitan todo hasta la cumbre de la fama y de la gloria; sin que se lo merezcan por ejemplo, o sin que lo hayan deseado.

Alguien o algo, está jugando a los dados con nosotros; al gato y al ratón; o al adivina adivinador.

De modo que de una u otra manera, siempre es bueno recordar que hay dos maneras de descifrar la existencia: desde lo banal, o desde lo simbólico. Desde lo mundano, o desde lo arquetípico. Desde la verticalidad que busca ascender hacia lo beatífico, o desde la horizontalidad que nos hace mantenernos en lo más bajo de la condición humana.

Atravesados por lo diabólico y por lo beatífico

Esta es la parte más "densa" del asunto. Ya que nos ocurre todo el tiempo sin saberlo; o a veces lo percibimos pero no podemos decodificarlo. Como por ejemplo estar conversando con alguien que de la nada, hace o dice algo que nos inquieta por resultar gratuitamente ofensivo. ¿Qué fue lo que sucedió?

Los griegos solían hablar de los daimon, o pequeños "duendes" o "demonios" que podían manifestarse imprevistamente en torno al ser e inducirlo a accionar de manera positiva o negativa. El vulgo, con el tiempo, los dividió en categorías y a los buenos les dio el mote de "ángeles" y a los malos de "diablillos".

Pero no son más que una suerte de manifestación del orden de lo siniestro, es decir que son accidentales y repentinos; que no obedecen a una intención personal de quien los manifiesta, aunque "algo" en ellos les abrió la puerta, los convocó para que a modo de posesión, pasara a controlarlos y los hiciese actuar por su intermedio, despersonalizándolos.

Si son portadores de algo bueno, son expresiones de lo beatífico; si lo son de lo malo, no quepa la menor duda de que estaremos ante lo diabólico, macabro o siniestro.

Todos de una u otra manera, alguna vez hicimos algo que no pensábamos hacer o dijimos algo de lo cual después nos arrepentimos, sin saber a ciencia cierta porqué lo hicimos o lo dijimos, aún, cuando estábamos convencidos de lo contrario. O por el contrario, dijimos o hicimos lo correcto o lo acertado, sin saber cómo ni porqué.

Muchas veces, algún desorden químico-hormonal o psicológico, genera una suerte de portal para que estas entidades impersonales se manifiesten por intermedio de los sujetos.

En el orden de lo siniestro, las mujeres en estado premenstrual o los hombres en estado de celo, solemos hacerlo más a menudo de lo que creemos, y la carga de agresividad que nos dispone al acto sexual (respondiendo al universal) ciertamente obedece a ese orden y convoca fuerzas peligrosas. Y así como repentinamente uno siente ganas de hacer o hacerse daño, bien puede tener un insight (vislumbre repentina de la conciencia) que lo lleve a hacer un acto de bien o un inesperado descubrimiento.

En los extremo del ser, estas dos entidades están en permanente puja por arrebatarse el protagonismo y no son más que energías de carácter "beta" para lo malo y "alfa" para lo bueno.

Estudios contemporáneos demostraron que esas ondas eléctricas están en todos lados, y se canalizan a través del cerebro primordialmente o por intermedio de los órganos sensoriales, siendo la piel una suerte de pantalla perceptivo-sensorial perfecta.

En realidad son 4: Delta, Theta, Alfa y Beta.

  1. Beta = 13 a 30 Hz (Alerta. Enfoque en la acción. Estado marcial.)
  2. Alfa = 9 a 12 Hz (Relajado. Imaginación. Sueños diurnos. Estado amoroso.)
  3. Theta = 4 a 8 Hz (Meditación. Flujo de ideas. Enlace a inconciente. Estado trascendente.)
  4. Delta = 1 a 3 Hz (Inconciencia. Sueño profundo. Estado de Nirvana.)

ESTADO BETA:

En este estado "marcial", estamos siempre en guardia y al asecho. Cuidando e invadiendo la territorialidad del otro —potencial enemigo u objeto invasor— en caso de estar atravesados por lo diabólico; o sublimándolo por medio de actos de reconversión (resignificación beatífica), lo cual ya de por sí es ponderable. Un caso típico es el psicoanálisis. Pero no pasa de atravesar las primeras capas de la cebolla, y de permanecer, aún, en lo superficial. Aquí el pragmatismo está a la orden del día y es el universo del instinto y el ego.

ESTADO ALFA:

En este estado "amoroso" o "de revelación", el asecho recae sobre sí mismo. Todo nos parece novedoso o sensiblemente espiritual. Hay un presumible resplandor que nos llama desde lo profundo del ser y nos invita a seguir profundizando más allá de las primeras capas de la cebolla de lo mundano.

En este estado, el ego presiente que hay algo más importante que él mismo que no es tan solo el otro. De modo que comienza a manifestarse un cierto grado de aceptación y abandono de la importancia personal. No obstante lo cual, seguimos dentro del territorio del ego, pero comenzamos a percibir un "ello" que está siempre presente sin poderlo definir. Son los primeros encuentros con el abandono de lo mundano y el tanteo de lo simbólico arquetípico, pero aún seguimos atrapados por las convenciones.

ESTADO THETA:

En el estado Theta o "trascendente", comienza la verdadera transformación del gusano en mariposa. Comenzamos a romper con el universo convencional. Empezamos a entender que el todo es más que la suma de las partes y que todos somos uno. Hay un permanente flujo de ideas que está más allá de la simple imaginación. El inconciente individual comienza a diferenciarse del colectivo y este último ya puede traducirse absolutamente de modo simbólico.

Al principo hay una suerte de sufrimiento porque el sujeto se da cuanta que ya no forma parte del rebaño; que ha dejado de pertenecer, y sin embargo, debe convivir con los demás más allá de los prejuicios de tener que interactuar con la manada a la cual él ya no pertenece.

En este estado es posible que tengamos los primeros satori. Podemos percibir más allá de las 4 dimensiones. Sabemos que existe un "ello" con el cual podemos interactuar y percibimos cómo el universo nos habla permanentemente a través del lenguaje de lo simbólico (principio de sincronicidad, por ejemplo). El concepto tradicional de "Dios", queda reducido a una media parte de la naranja, y que lo bueno y lo malo, son la misma entidad diferenciada sólo en una cuestión de grados. Estamos en el camino del iniciado y aceptamos, sin soberbia y sin dolor, ser un elegido, poniendo el yo al servicio del ello.

Este es un estado de alquimia pura; en donde podemos convertir nuestro burdo barro mundano en puro oro espiritual. También nos damos cuenta, sin necesidad de intelectualizar, que la falta y el sobrante son la misma cosa, porque el universo es compensatorio. Comienza el camino hacia la Gran Revelación.

ESTADO DELTA:

Aquí se nos manifiesta la Gran Revelación. Ya no hay opuestos. Entendimos el sentido del "para qué", y el satori resulta un juego de niños. Estamos en el universo de lo impersonal, en donde todos los mandalas son uno solo y se nos completa la figura en el tapiz. Sólo nos resta el salto al abismo porque entendimos el sentido de la intencionalidad [2].

Un final muy o nada feliz

Desde el punto de vista "accidental", la naturaleza misma es demoníaca, de lo contrario no existiría la selección natural; ni la supremacía de las especies; ni los volcanes erupcionarían; ni existirían los terremotos, ni las pestes, ni los maremotos o tornados; ni todo lo que está vivo está para comer o ser comido en razón de la subsistencia, no de lo individual como nos han hecho creer, sino del universal arquetípico.

Todo esto tiene un sentido, por increíble que parezca. Sentido que aún, luego de tantos años de ciencia y filosofía, no logramos desentrañar; en tanto y sin saberlo, una y otra vez durante el día a día, somos víctimas en recibir y dar, de la propia naturaleza lo beatífico y lo siniestro. Y el arte de la existencia como seres humanos estriba en saber cuál es el camino correcto a seguir: si el de o beatífico o el de lo diabólico-siniestro.

Gustavo Karcher/.
17/07/12

NOTAS

[1] Teoría de la falta y el sobrante. Enunciado: «La naturaleza del universo es eventual-singular. Dada dicha eventualidad, surgió la polaridad. Pero siendo que nada puede ser menos ni más de lo que es, nada se pierde ni se redunda, sólo se transforma; y todo opuesto busca su compensación; ergo: no hay falta sin sobrante ni sobrante sin falta, puesto que el universo es compensatorio y autosuficiente. De esta manera, la masa que en algún sitio se condensa, en otro se descomprime en un interminable diástole y sístole de causa y efecto.»

[2] Teoría de la intencionalidad. Dado que todo "es"; se presume que el ser existe, independientemente de su voluntad de ser. Pero si hay un ser, ha de haber un sentido del ser; porque nada es porque sí ni por sí mismo; de modo que por delante del ser, está la intencionalidad. Aparentemente, lo ORIGINAL ABSOLUTO era involuntario; pero vista su eventualidad, ahora existen dos voluntades contrapuestas: la de lo diabólico y lo beatífico. Por lo tanto, el universo —tal como hoy lo conocemos— es intencional. Es un "para qué", más que un "por qué".

milnueve84/.

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